La resiliencia y el impuesto azul

Artículo suscrito por Marcelo Gonzales Yaksic, abogado tributarista.

No fueron pocos los sermones que recibí, por mi artículo de la anterior semana, de los terroristas digitales que incuba el masismo. A ellos solo quiero recordarles uno de los mantras que evocaba su gurú Morales Ayma. “A ver, algunos compañeros, ¿qué dicen?, ¿con factura o sin factura?, cuando dicen, bueno sin factura, no están estafando a Evo, no están estafando ni al Álvaro ni al Gobierno, ustedes mismos están engañándose”. Fue en Cobija, en octubre de 2013. Otro mantra, esta vez en Sucre, en diciembre de 2012. “Por tanto, tenemos la obligación de pagar lo que está en la norma (…) Bolivia vive gracias a los impuestos que pagamos (…) tenemos la obligación de pagar impuestos, no preguntemos si es con factura o sin factura, obliguemos más bien que el vendedor nos dé factura, así la economía va a seguir creciendo”.

En el artículo anterior manifesté mi preocupación sobre los aportes a los partidos políticos y su incidencia en la fiscalidad boliviana. Dije que el Servicio de Impuestos Nacionales (SIN) ya debería aclarar la trascendencia tributaria de estas retenciones forzadas de dinero que el partido de gobierno extrae de los salarios de los servidores de la administración pública, sin tributar. Advertí del desastre fiscal si se descubre que el MAS estaría gozando de un tratamiento especial para opacar sus ingresos y dejar de facturarlos, solo para evadir el pago de impuestos. Bueno, poco o nada le importó a la Administración Tributaria la decisión de los militantes masistas de aportar dinero a su partido sin que los jerarcas cumplan los deberes de facturación, pese a los sonoros y contradictorios mantras que rezaba el cocalero que tienen de jefe.

Ante esa indiferencia sobre los beneficios en dinero que obtiene el partido de gobierno sin cumplir con sus deberes fiscales, decidí tomar una actitud resiliente, esa misma que se puso de moda durante la pandemia y que muy pocos han entendido la medular importancia que tiene en el ámbito tributario hoy en día. Primero, ¿qué es la resiliencia? Según el Diccionario de la lengua española, es la “capacidad de adaptación de un ser vivo frente a un agente perturbador o un estado o situación adversos” (sic); en otras palabras, es la inconfesable capacidad que permite a las personas superar las adversidades a las que están expuestas diariamente, adoptando actitudes positivas ante la muerte, el estrés, o algún conflicto grosero, como la evasión tributaria, por ejemplo.

Si me pareció una indecencia reprochable que el MAS reciba ingresos en dinero fresco cada mes sin reportarlos al Fisco, adoptando una conducta resiliente, debería parecerme una buena idea que los militantes azules que ganan menos de Bs 10.000 aporten el 1% mensual; de Bs 10.000 a Bs 20.000, el 2%; y los que ganan más de Bs 20.000, el 3%. Esta idea bien puede ser replicada de manera universal a todos los trabajadores dependientes de Bolivia que perciben un salario, ya sea en el sector público o en el privado. Esta propuesta no tendría por qué ser censurada por algún frente político, menos por los comunistas que administran nuestro sistema económico neoliberal. En fin, son ellos mismos que la aplican a sus militantes.

Mejor sería convertir en un impuesto nacional (de color azul, diría) esta productiva metodología de recaudar aportes que ha adoptado el MAS, sustituyendo de una vez por todas al controvertido impuesto sobre los ingresos de las personas naturales que se denomina Régimen Complementario al Impuesto al Valor Agregado (RCIVA). Con definir unos salarios mínimos no imponibles, deduciendo los aportes a la seguridad social y manteniendo el deber de reportar las facturas de compras; cualquier boliviano trabajador que gane más o menos de Bs 10.000 tributaría obligatoriamente el 2% o el 1%, respectivamente, o el 3% si gana más de Bs 20.000. Tomando en cuenta que el SIN recauda mensualmente un promedio de Bs 250 millones por concepto de RCIVA, aplicando el impuesto azul lograría una recaudación de Bs 700 millones al mes, siendo en extremo pesimista. Definitivamente, no hay mal que por bien no venga. Resiliencia, se llama. Eso creo.


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